¡Carnaval, carnaval!

Pronto llegará el Carnaval, ya estamos en febrero. Las tiendas se visten de colores y se da rienda suelta a la imaginación. Es tiempo de festejo, y amigos y amigas, se juntan en comparsas, risas y bromas en un debate serio sobre el tema del disfraz. ¿Ha de ser divertido o ha de ser mordaz? ¿Quizás atrevido, mejor sensual? ¿Por qué no absurdo o reivindicativo? Tanto da. El caso es salir a la calle reír y brincar es tiempo de fiesta y de mostrar  el rostro tras una careta grotesca, bajo un maquillaje pringoso o simplemente con un sugerente antifaz. Después de una larga cuaresma cristiana, irrumpen las tradiciones paganas.

Es la hora de mostrar nuestra esencia a plena luz. El libertinaje irrumpe en las calles tentando a la juerga y al desmán recordamos antiguos dioses de la orgía y la obscenidad. Dioniso dios del vino, inspirador de la locura, hace lo propio y ensalza el alma humana a celebrar la gran bacanal. Unos corren, otros huyen, todos ríen y ocultos bajo sus disfraces muestran su gran verdad: que el ser humano ha nacido para disfrutar, que en su esencia dista mucho de ser un animal, pues ninguno de ellos busca con tanta pasión la oportunidad del regocijo; y no de llorar. Incluso los sumerios a ello se prestaron, quizás por eso, Sodoma y Gomorra, que al placer se prestaron, bajo la mano severa y justa de Dios… ¡azufre y fuego! hizo caer sobre ellas y en sal convertidos quedaron los que allí se atrevieron a mirar…

Pero no, nos pongamos tan serios que esta fiesta es para disfrutar. Y nosotros no somos tan libertinos para que Dios nos tenga que castigar. Sin embargo, parece ser que el Ayuntamiento, sí nos considera lo suficientemente miserables y merecedores de castigo divino para privarnos de disfrutar de nuestra bella ciudad. Nos presta un autobús para a Ferrerías poder escapar y los festejos de allí poder celebrar, bonitas maneras las de ese lugar a la hora de disfrutar. Y en pleno sábado noche, la noche del no va más, encontramos el pueblo más vacío y yermo que el monte de la Piedad. Triste gracia tiene, que en un día tan singular, nuestros bares y discotecas, lugares de gran danzar, de fiesta rotunda y de desfasada alegría tengan que contemplar que sus salas están vacías porque con su dinero y el de los demás, el Ayuntamiento de Ciutadella los vuelve a marginar. Llegados a este punto, uno se pregunta ¿Cuál será la ofensa cometida?

Ayuntamiento o Consell, tanto da. Exelx… ·lentisimos los dos.

Lógico y sensato es que se preste a financiar un autobús, o dos, en las fiestas de San Bartomeu, las fiestas de la localidad; pero cuando hablamos de Carnaval, ¿acaso es fiesta propia de tal  localidad? ¿Tan mal nos portamos el viernes que la ofrenda es quedarnos sin sábado y sin nada más?

No.

¿Entonces por qué el Ayuntamiento de Ciutadella castiga a sus empresarios, enviando a cientos de emisarios de tan divertida festividad a la casa de al lado donde nadie paga ni un sólo tributo al erario de Ciutadella. Sí, Ciutadella donde es legítimo este evento festejar como otro cualquiera al azar. Una carpa el viernes para niños y padres, adolescentes revoloteando con sus petardos, y artificios…Pero llegado el Sábado, el pueblo es privado de toda oportunidad. ¿Qué calificativo a esto le deberíamos dar? Lo ignoro, de veras…aunque dudo si es perversidad o bondad. En cualquier caso, el Ayuntamiento se ha extraviado, como siempre una vez más. Por supuesto no este, ni el otro, pues es ya tradicional, que en vez de darnos, aunque sea un castigo, nos quieran quitar, las ganas de trabajar.

Aún así, la fe no pierdo, y espero que este año, Ayuntamiento, discotecas, bares, restaurantes y pubs, en comunión lleguen a un acuerdo y en Ciutadella el sábado se celebre el Carnaval, como nunca antes se ha celebrado, con entusiasmo y solidaridad. Que demuestren nuestros regentes que hasta ahora se han equivocado, pero que sabe festejar y gratifique al pueblo de Ciutadella con un bello e inolvidable día, que sea esa acción un reflejo de buena voluntad y de atención debida. Y que el pueblo responda como es de menester haciendo acto de presencia donde tiene que ser: en nuestras calles, en nuestra casa, a dónde si no ha de ser.

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