Orfandad forzada

                Miles de niños y niñas en España y cientos en Menorca pierden a sus padres y o a sus madres de la forma más violenta e incomprensible: El divorcio.

                Mujeres y hombres sufren la tragedia de perder a sus hijos de forma drástica y humillante. Por lo que abogados y jueces entienden por familia o lo mejor para el menor, eso se supone es la justicia. Han de renunciar de sus pequeños, a no ver cómo crecen, a no poder cuidarlos. Pero lo peor es que sumen en la indigencia al que ha de sumir las cargas y ninguna contraprestación, no pueden ver a sus hijos.

 El tiempo pasa y las ex­­-parejas se encargan de borrar la figura de esos padres y madres que se mueren literalmente de pena.

               Comúnmente la depresión, camino rápido a la adicción al alcohol, desorden de la personalidad…y suicidio. Y por en medio, una lucha interminable de descalificaciones y manipulaciones cuyo medio son los niños, el instrumento más efectivo para hacerse daño.

El régimen de pensiones, de dietas, de visitas,  es en muchas ocasiones ridículo,

               Igualdad. Igualdad para con los derechos de los miembros de la pareja separada… pero ¿quién mira por los niños? ¿Quién mira realmente por estos huérfanos forzados? que crecen viendo a sus padres y a sus madres muertos y sin embargo, pueden verlos por la calle, incluso, hablarles de vez en cuando. Crecen entre los brazos del rencor  y cuando son mayores te encuentras adolescentes rotos, personas que no entienden lo que ha pasado. Sólo tienen rabia y soledad, hacia a ambos padres o hacia uno de ellos.

               Cientos de personas sufren las condiciones de ser tratados como delincuentes, de dementes, de indecentes, de padres y madres negligentes. Así, son tratados por la ley y luego por la sociedad. Ellos piden tener su derecho a ser padres y madres, a querer a sus hijos, a poder criarlos. Compartir gastos, por supuesto, pero no se puede estar sangrando a la gente así.

Los jueces son personas, pero deben ser ecuánimes, magnánimos y tener una distinción superior a la normal para distinguir entre una mentira y una verdad.

               Es verdad: un divorcio es una tragedia y se ha de intentar buscar situaciones lo mejor armónicas posibles. Es mentira que la justicia sea justa, lo que es verdad es que sí es muy cara, porque si no se tiene un buen abogado no te queda nada que hacer. Justicia, dinero; dinero, justicia…la legislación es ambigua y no es casual. El buen sofista sabe mover la balanza; por no hablar de los partidismos inevitables de los jueces.

Las instituciones aplican la discriminación positiva a la mujer. Mentira. Las instituciones no aplican la presunción de inocencia al hombre. Verdad.

               En definitiva, sólo hay dos clases de personas cuando se da una separación: los que van a hacer la vida imposible a sus ex­-parejas y las víctimas de estos maltratadores.  Y los huérfanos forzados, en medio de un infierno porque es insoportable ver el daño que se hacen las dos personas que más quieren en el mundo. Sus pequeñas almas se desquebrajan como bellos cristales cuya luz de la inocencia se va apagando con cada instante de tristeza.

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